Tras bambalinas

Tras bambalinas

¿Te gusta la foto? Te cuento la historia..

Hay días como ayer en que todo se te junta. Es lunes, hace un frío tremendo. Ya sé que dirás que ya iba tocando que estamos a finales de Noviembre. Pero a mi me pasa en cada estación, por mucho que se esté retrasando el frío o el calor extremos, siempre me pilla a contrapié cuando llega.

Y ahí estaba yo, lunes gélido en compañía de un tremendo constipado. Pero uno auténtico de verdad, de los que te haría ser finalista de un casting para The Walking Dead. ¿Y que suele pasar en días así? Pues que tienes una cantidad de trabajo que no te la acabas y la inspiración te ha abandonado completamente.

Así que en mi estado de “supervivencia” (descripción: chaqueta de borreguito, caja de kleenex y taza humeante en mano) llegó el momento de pasar al modo “madre”. 

Y como los astros siempre se alinean resulta que mis pequeños diablillos deciden que ESA tarde justamente va a ser de las moviditas. Luchas, carreras, saltos…..y mucho ruido!

En semejante escenario “apocalíptico” hay dos resultados posibles:

EL PRIMERO, la salida digna, que es hablar pausado y proponer juegos tranquilos a tus hijos.

*Como lo imaginas: madre sonriente que pinta o construye con pasta de modelar, junto a sus niños. Todo es relajado y un momento de crecimiento en familia.

*Cómo resulta ser en la realidad: El pequeño desmenuzando la plastilina y tirándola en trozos minúsculos sobre la alfombra del comedor. El mayor diciendo que ya no quiere pintar más y que se aburre a los 2 minutos.

EL SEGUNDO, el socorrido, tirar de opciones para emergencias. En mi caso suele funcionar preparar galletas.

No importa de qué sean, siempre y cuando ellos puedan hacer las formas con sus corta-pastas. Pero, ayer no tenía los ingredientes necesarios para preparar ninguna de las que conozco cómo hacer.

Y en mi búsqueda por la cocina de opciones para las galletas, se me apareció la panificadora. La salvadora! Hará unos 3 años que no la utilizaba y ahí estaba ella, preparada para salvarme la tarde y con el librillo de recetas en su interior.

Resulta que hay algo especial en hacer cosas con tus propias manos. No sé cuál es su base científica pero es cierto que tanto mayores como pequeños por regla general sentimos una especie de PAZ cuando elaboramos cosas (sobretodo comida) con nuestras propias manos.

La maquinita se encargó del rato de amasado y mientras, nosotros nos hicimos cargo de enharinar la superficie de trabajo de la cocina y también todo aquello que encontraron conveniente los enanos. Dejaron los gritos, y yo el estrés, por un rato y nos divertimos. Acabamos de harina hasta arriba pero hicimos nuestras pelotillas de masa y de ahí salieron unas baguettes bastante resultonas. Las de semillas se quemaron un poco, pero apenas se nota en la foto, verdad?  Y lo más importante, compartimos un gran momento. Es en esos ratos dónde se sueltan y me cuentan sus cosillas del cole y sé algo más de lo que pasa en la otra parte de su día.

Quise aprovechar para sacar una bonita foto de las baguettes que poder mostrar. Y conseguí una bastante buena, dónde se podía intuir incluso lo crujiente del pan. Pero justo después metieron mano y se quisieron adueñar de lo que ellos mismos habían hecho. Y ese era el momento de verdad que quería enseñar, porque mostraba la realidad de un momento en sí perfecto.

Obviamente nos lo cenamos, los 4 juntos, con algo de queso, jamón del bueno y la longaniza que nos vuelve locos. Y fue un final de día ESPECTACULAR.

No se trata de la foto perfecta, con la mejor luz posible. La vida va de esos momentos imperfectos, de elegir la foto real, algo desenfocada.

La vida hay que pillarla al vuelo!!

Te estaré esperando en los comentarios más abajo, y siempre que quieras con una de mis propuestas para esos momentos improvisados en Original Taste.

Un abrazo,

Ingrid

 



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